¡Metele que son pasteles!

Juan Cruz Lercari

Fue una revelación. No imaginé que con su sencillez me mostraría un cambio de mirada: un camino de liberación. Aún recuerdo el paisaje reflejado en sus pupilas, su sonrisa amable, el olor a pasto y cómo el pesado ruido interno cesó…

Era principios de los años noventa. Recuerdo que los ventanales de casa estaban siempre bien abiertos, dejando que la brisa entre y se mezcle con los primeros aromas de la primavera. El sol, generoso, se colaba por cada rincón llenando de luz hasta los espacios más pequeños. Todo parecía más brillante, más nuevo. En ese entonces, yo era un adolescente, con esa mezcla inconfundible de entusiasmo, inseguridades y sueños. Uno, por cierto, bastante enamoradizo.

En mi casa, como de costumbre, reinaba un clima alegre y casi festivo. La sala de estar estaba bañada de una luz tibia que se filtraba por las cortinas, mientras mis hermanos pequeños, completamente absortos en su mundo, hacían competiciones interminables con sus autitos de colección sobre la alfombra gastada. Cada tanto, uno de ellos soltaba una carcajada o protestaba porque un auto “no respetaba las reglas”, llenando el ambiente de sonidos infantiles y cotidianos.

Mi papá, fiel a su ritual de los fines de semana, estaba sentado en su sillón favorito, con el mate siempre a mano y la mirada fija en la televisión donde pasaban una audición de automovilismo. De vez en cuando, lanzaba algún comentario sobre el piloto de turno o festejaba una buena maniobra, pero rara vez se involucraba en el griterío de los chicos.

Mi mamá, siempre activa pero nunca apurada, iba y venía entre la cocina y el cuarto, pendiente de que todo funcione y, al mismo tiempo, genuinamente preocupada por mi ánimo melancólico. Sin dejar de atender sus tareas de ama de casa —el aroma a bizcochuelo recién horneado no dejaba dudas de que algo rico se preparaba— encontraba momentos para acercarse, preguntarme si quería merendar o simplemente sentarse a mi lado y, con esa paciencia infinita que sólo ella tenía, buscar la manera de sacarme una sonrisa o al menos arrancarme una palabra.

Lo cierto es que hacía varios días que venía cabizbajo, arrastrando los pies y con el corazón abatido. Y no era para menos. Había reunido el coraje, ese valor que sólo los grandes desafíos internos pueden convocar, y durante un recreo escolar, impulsado por una decisión que me parecía definitiva, caminé con el pulso acelerado y la boca seca hasta donde estaba Jimena. Todavía puedo recordar cómo el ruido del patio se volvió un murmullo lejano. Cuando por fin me animé, le declaré mi amor, tartamudeando, mezclando frases y con la cara ardiendo de nervios. ¡Que torpe! Pensé enseguida, casi como un reflejo, sabiendo que si volvía a vivir ese momento cambiaría mil cosas… Pero el hecho ya estaba consumado y ahora no había vuelta atrás.

Estaba muy seguro de mí sentimiento, porque nos conocíamos muy bien, estudiábamos juntos, incluso éramos bastante compinches. Habíamos compartido incontables recreos, risas y charlas al margen de la clase, y yo creía conocer cada uno de sus gestos y silencios. Sentía que la confianza que nos unía era suficiente para dar ese paso, así que me animé a declarar mis sentimientos, convencido de que ella entendería lo profundo de mi confesión. Sin embargo, me desgarró el silencio que siguió a mis palabras. Su mirada, fugaz pero intensa, me dejó desorientado; era como si buscara en mí una respuesta a algo que no podía aceptar. Antes de decir nada, desvió la vista, y con un tono seco y distante, soltó un “Dejate de joder Lea”. Una frase que me cayó como un baldazo de agua fría y que no esperaba de ella.

Quedé aturdido durante unos minutos, incapaz de reaccionar, observando cómo se alejaba sin mirar atrás, siguiendo a una amiga mientras el murmullo del patio volvía a llenar el aire y yo intentaba reponerme. Me sentí perdido, como si el mundo se hubiera detenido por un instante y sólo quedaran el eco de sus palabras y la sensación de vacío en el pecho.

¿Cómo podía ser?, ¿Cómo podía ser que Jimena no sienta lo mismo? Esta última pregunta era la que repetía en voz alta día, tarde y noche por aquel entonces en mi casa. Me resultaba imposible entenderlo; repasaba una y otra vez cada conversación, cada risa compartida, buscando alguna señal oculta que ahora, en retrospectiva, me indicara que había malinterpretado todo. Me preguntaba si había sido demasiado obvio, si mi declaración la había sorprendido o si, simplemente, yo había visto lo que quería ver. Ese enigma me perseguía: ¿Cómo podía ser que la persona con la que sentía tanta complicidad, que parecía disfrutar de mi compañía, no compartiera mis sentimientos? Era como si el mundo se hubiera dado vuelta y las certezas que tenía sobre Jimena se hubieran vuelto frágiles, difusas. Mi mente no encontraba descanso; cada rincón de la casa, cada gesto de mis viejos o risas de mis hermanos, eran testigos de mi desconcierto y mi necesidad de una respuesta que, sabía, tardaría en llegar.

Mientras tanto…

—Leandro querido —me decía mi mamá con su dulce voz, cargada de una calidez que siempre lograba suavizar cualquier tormenta interna—, ya se va a pasar. Tenés que tener paciencia, estas cosas duelen ahora pero después las vas a ver diferente, de verdad.

Mientras me acariciaba el pelo con esa ternura suya tan característica, redoblaba la apuesta:

—¡Quizá ella tampoco lo sabe aún, son chicos! Mirá, el corazón a veces tarda en entender lo que siente, y no todo el mundo lo descubre al mismo tiempo.

Si algo yo bien sabía, era que Jimena estaba segura de sus palabras, no había titubeos en su negativa y, por otro lado, yo de lo que sentía por ella. No podía evitarlo: lo que sentía era genuino, profundo, y nacía desde un lugar al que no podía ponerle freno.

—¡Si escucharas con la firmeza y convicción que dijo que NO!, ¿Cómo puede ser que no sienta lo mismo que yo? Me resulta tan raro, siento que se cierra una puerta y me quedo solo del otro lado, repitiendo la misma pregunta sin obtener una respuesta que me calme. Me preocupa pensar si hay algo en mí que no ve, o si lo que siento simplemente no le llega.

—Tranquilo corazón, dale tiempo. Sigan siendo compañeros como hasta ahora y mañana quién sabe.

Acto seguido mi mamá me abrazaba, me despeinaba un poquito más y me miraba con una ternura enorme. Pero yo seguía igual de conflictuado. Sentía que su abrazo calmaba un poco el dolor, como un refugio cálido ante la tormenta, pero la confusión seguía girando dentro mío. Me costaba soltar la angustia: por un lado, quería hacerle caso y confiar en que el tiempo pondría las cosas en su lugar; por el otro, me dolía pensar en la posibilidad de que nada cambiara, que mi sentimiento quedara ahí, flotando en silencio entre nosotros dos. Me quedé un rato así, en sus brazos, mientras en el fondo sonaba la tele y el aroma a bizcochuelo se mezclaba con mi nostalgia.

No sé cuánto tiempo estuve con la mirada perdida en el horizonte o, quizás, en una esquina cualquiera de la casa, como en trance. Sentía que la realidad se desdibujaba a mi alrededor, que todo se volvía borroso y lejano, mientras mi cabeza seguía dando vueltas a lo sucedido. El tiempo pasaba sin que yo pudiera medirlo, hasta que, de repente, una voz me invitó a volver.

—Lea, vení, vamos a merendar.

Sin esperar respuesta, mi hermanito menor, Román, me alcanzó la mano con esa espontaneidad suya, invitándome a dejar atrás mis pensamientos y acompañarlo hasta el comedor. Mientras avanzábamos juntos, pude ver de reojo a mamá y Ciro, mi otro hermano, que nos observaban desde lejos con una mezcla de ternura y discreción. En cambio, mi papá tenía otra mirada, no era incómoda, sino todo lo contrario, pero no podía definirla.

Su manera de acompañarme era silenciosa y serena; se sentó a mi lado en la mesa de la cocina, hojeando el diario y cebando unos mates en silencio. No hacía preguntas ni intentaba consolarme con palabras, a pesar de ello, su sola presencia me transmitía calma.

Mi papá era un hombre de pocas palabras. Su rostro se distinguía por un par de bigotes anchos y tupidos que le daban un aire de antiguo galán, y una nariz singular, ligeramente torcida, recuerdo visible de sus años como boxeador aficionado en la adolescencia. Siempre serio, irradiaba una calma particular. Quienes no lo conocían, se veían intimidado por su presencia y porte robusto. Los que lo conocíamos estábamos de acuerdo con la descripción de mi tía Rosita: “Era un verdadero dulce de leche”.

En fin, ya con mis hermanitos y mamá acomodados en la mesa, la merienda comenzó, pero yo seguía incapaz de comer algo; el estómago se me cerraba como si quisiera protegerme de todo lo que sentía. Me costaba disimular mi inquietud y, casi sin darme cuenta, fijaba la mirada en mi mamá, esperando quizás alguna respuesta salvadora. La pregunta volvía una y otra vez, persistente, en mi mente y a veces escapaba en voz baja, cargada de una mezcla de tristeza y necesidad: “¿Por qué ella no siente lo mismo que yo?” Era como si ese interrogante se instalara en el aire, entre el olor a bizcochuelo y el murmullo familiar, y ningún gesto ni palabra pudiera aliviarlo por completo.

Mi mamá, paciente y comprensiva, me devolvía una mirada colmada de ternura, aunque parecía que también le costaba encontrar las palabras, como si se quedara sin recursos ante mi incomprensión.

Mi papá se levantó suavemente de la mesa, me miró y dijo:

—Lea ¿Querés acompañarme a dar unas vueltas por la costanera en el Renolito, mientras escuchamos un poco de radio?

Mi papá se refería al Renault 12 blanco, modelo 1981, nuestro fiel compañero en cada salida familiar. Yo adoraba esos paseos en el Renolito: los tapizados de cuero negro desprendían ese aroma tan particular, que hoy bauticé como “el auténtico perfume a R12”. Mi papá, siempre entusiasta, había equipado el auto con un equipo de sonido moderno para la época, capaz de reproducir casetes, lo que nos permitía disfrutar de Soda Stereo, Charly y algunas bandas que le gustaban a él o a mamá. Cada recorrido era una pequeña aventura, con la radio encendida, el motor ronco y esa sensación de que, mientras estuviera en ese auto, nada podía salir mal.

Sentía que el aire de la costanera podía ser justo lo que necesitaba para calmar ese torbellino de emociones. Así que, después de mirar a mi papá y notar en su gesto la invitación sincera, asentí con una pequeña sonrisa. Me levanté de la mesa, tratando de no hacer mucho ruido para no interrumpir la charla de mamá y mis hermanos, y fui a buscar un buzo. El solo hecho de imaginar el paseo en el Renolito, con la radio sonando bajito y las luces de la ciudad encendiéndose de a poco, me aliviaba el pecho. Mientras caminábamos juntos hacia el auto, sentí que, tal vez, esa pequeña aventura me daría el respiro que tanto necesitaba y, por un rato, podría dejar atrás la tristeza.

Sentado en el asiento de copiloto, recorría distraídamente con las yemas de los dedos la superficie rugosa del tablero, mientras papá, con su calma habitual, abrió el portón, se acomodó al volante y, sin mediar palabra, puso el Renolito en marcha. Maniobró con destreza, retrocedió suavemente y giró el volante, orientándonos hacia la costanera.

Mi papá me ofreció poner algo de música, pero incluso para mi sorpresa, preferí declinar su propuesta con una leve sonrisa. Aunque por dentro mis pensamientos seguían enredados y el bullicio de las emociones no cesaba, opté por dejarme envolver simplemente por el silencio compartido, la vista de la ciudad y el paisaje que desfilaba lentamente a través de la ventanilla.

Nuestra ciudad conservaba ese inconfundible espíritu de pueblo. Las tardes, especialmente a orillas del río, se vivían en una calma apacible, interrumpida solo por el murmullo de las familias que se reunían en ronda sobre sus reposeras, compartiendo mates y charlas interminables, mientras los chicos corrían detrás de una pelota o hacían volar barriletes bajo el cielo claro.

Después de recorrer una y otra vez la costanera, de punta a punta, mi papá, al notar que mi expresión seguía cargada de inquietud, rompió el silencio y, en tono pausado, me preguntó:

—¿Te gustaría que bajemos un rato, nos sentemos en el pasto y contemplemos el río?

Asentí suavemente con la cabeza. Mi papá detuvo el auto y ambos bajamos. Fuimos caminando hacia la sombra generosa de un viejo árbol situado a pocos metros del camino. Nos acomodamos en ese rincón con vistas al río, buscando cobijo y serenidad bajo sus ramas, mientras el murmullo del agua y la brisa fresca nos envolvían.

De pronto, sentí su cálida mano descansando sobre mi hombro izquierdo. Giré lentamente para mirarlo, y nuestros ojos se encontraron en un instante cargado de significado. Estaba seguro de que estaba a punto de decirme algo importante, pero un grito inesperado, fuerte y distante, rompió de golpe el silencio y cortó el momento.

—¡Hay bolas de frailes, churros, tortas fritaaaaaaaaaaas!, ¡Hay bolas de frailes, churros, tortas fritaaaaaaaaaaas!

A lo lejos, apareció pedaleando un hombrecito de piel morena, completamente vestido de blanco. Su rostro lucía unos bigotes delgados y, en la cabeza, llevaba un gorrito rojo de fieltro adornado con una mecha larga de tela negra que caía graciosamente hacia un costado, como si fuera su señal de identidad entre los demás vendedores ambulantes. Sus ojos, vivaces y algo desconfiados, barrían el entorno buscando clientes, pero había algo en ellos que transmitía tanto el cansancio de la jornada como una chispa de fastidio. Me pareció escuchar en la escuela que lo llamaban Emir o “el turquito” y que era de pocas pulgas, siempre dispuesto a defender su territorio. Era el típico vendedor ambulante, siempre dispuesto a ofrecer sus delicias con una simpatía peculiar, esa que mezclaba cierta rudeza con calidez, capaz de sacar una sonrisa o un enojo según el trato recibido.

—¿Tenés hambre, Lea? Preguntó mi papá.

Sí, un poco sí. Es que no pude comer mucho…

Sin perder tiempo, mi papá hizo un ademán invitando al turquito a acercarse. El hombrecito reaccionó de inmediato, tal vez por el instinto de no dejar escapar una venta, y su bicicleta chirrió al detenerse justo frente a nosotros. Cuando llegó a nuestro lado, se detuvo y, tras una reverencia forzada, nos miró y preguntó, con acento extranjero pero acomodado al nuestro, evidenciando una mezcla de raíces y adaptación al lugar:

¿Qué desean los señores? Tengo bolas de fraile, churros o tortas fritas…

Mi papá se demoró en la respuesta, y en ese ínterin, me di cuenta de que el turquito mostró signos de impaciencia. Miraba hacia otros grupos de gente, tamborileaba con ansiedad sobre el manillar y fruncía el ceño, como si temiera perder la oportunidad de venderle a alguien más. Era evidente que el tiempo era oro para él, y que cada minuto sin concretar una venta lo ponía más nervioso. El ambiente se volvía un poco tenso, como si ese pequeño acto de incertidumbre pudiera desencadenar algo mayor.

Deme una docena de pasteles de batata. Respondió mi papá, dejándome completamente sorprendido, porque estoy convencido de que escuché al hombrecito gritar con claridad las tres opciones desde el primer instante en que apareció pedaleando. Además, podía asegurar que mi papá también las escuchó tan nítidamente como yo.

El turquito, visiblemente inquieto, me lanzó una mirada fugaz, cargada de nerviosismo, antes de volver a clavar los ojos en mi papá, quien se mantuvo firme y sereno, como si estuviera seguro de su elección y nada pudiera hacerlo dudar. Era un cruce de miradas que parecía contener todo el drama de la situación: por un lado, la seguridad inexplicable de mi papá; por el otro, la desesperación creciente del vendedor ante un pedido imposible.

Disculpe —continuó el turquito, con la voz entrecortada y un gesto visiblemente tenso—, solo tengo bolitas, churros o tortas fritas…

Por supuesto —afirmó mi papá con una calma firme y una leve sonrisa—. ¿Pero podría usted prepararme lo que le pedí, por favor?, gracias.

El turquito me dirigió otra mirada, buscando en mí alguna sonrisa que pudiera suavizar el ambiente tenso, pero yo me quedé completamente inmóvil, sin saber cómo actuar, atrapado en el desconcierto y la incomodidad. El nerviosismo se intensificó aún más cuando noté cómo las venas de su cuello latían con fuerza, marcando su incomodidad, y sus manos se aferraban al manillar con mayor fuerza, como si temiera perder el control de la situación.

—¡Señor! —exclamó ya completamente alterado—. ¡Le digo que no tengo pastelitos! ¿No escucha lo que le estoy diciendo? ¡¿Acaso está sordo?!

—Sí, lo oí perfectamente —respondió mi papá con la misma calma imperturbable—, pero le pido por favor que no se demore más y me dé los pastelitos.

El ambiente se volvió insoportable, cargado de una tensión tan densa que casi podía cortarse con un cuchillo. Yo sentía un nudo en el estómago, preguntándome si mi papá estaba bromeando o algo le pasaba.

En mi recuerdo, juro que al turquito le salía humo de las orejas: apretaba la mandíbula, los puños le temblaban de furia y por un instante pareció que iba a perder el control. Sin embargo, la presencia firme y serena de mi papá lo obligó a contenerse. Entonces soltó unas cuantas maldiciones o insultos en su lengua, montó la bicicleta de un salto y comenzó a pedalear con rabia. Cada cierto número de pedaleadas, se daba vuelta, gritaba algo o gesticulaba airadamente con las manos, como si necesitara descargar su frustración antes de alejarse por completo, y dejando tras de sí una estela de desconcierto.

Cuando el turquito desapareció tras la última curva del camino, giré lentamente la cabeza hacia mi papá. Él permanecía inmóvil, contemplando el río con una serenidad absoluta, como si la escena de tensión y exasperación acabada de ocurrir no le hubiera tocado en lo más mínimo. Yo sentía un remolino de preguntas agitándose en mi cabeza, deseando entender lo que acababa de pasar; pero antes de que pudiera abrir la boca, mi papá se volvió hacia mí, me miró y, de pronto, me dijo…

—¿Pudiste comprender lo que pasó?

Me tomé un momento para ordenar mis ideas, pero al final solté…

— No estoy seguro papá.

— Ese hombre bien intencionado esperaba que yo eligiera entre las cosas que él tenía para ofrecer, pero yo insistía en pedir algo que no estaba en sus manos ni podía darme.

Mi papá se quedó en silencio por un instante, como si estuviera buscando las palabras justas. Luego, con un gesto pausado y lleno de ternura, apoyó nuevamente su mano sobre mi hombro. Sentí tranquilidad y como se disipaba la tensión acumulada. Me regaló una sonrisa cálida, y continuó hablando en tono sereno:

A veces sucede que, por más que deseemos algo con todas nuestras fuerzas, por más que lo busquemos o lo pidamos, simplemente no ocurre. Hay momentos en la vida donde debemos aceptar que no todo depende de nuestra voluntad, y que las cosas, aunque nos cueste entenderlo, tienen su propio tiempo y camino.  Muy importante, en esos instantes de tensión e incomodidad, es aprender a reconocer lo que sentimos, aceptarlo sin juzgarnos y encontrar la manera de avanzar, dejando que la calma y la claridad guíen nuestras acciones. Aunque a veces la vida no te dé aquello que esperás o deseás, intentá valorar lo que sí tenés y permitite disfrutarlo. Sonreí Lea, siempre sonreí, porque el mundo está lleno de pequeñas maravillas y oportunidades esperando por vos, y muchas veces la felicidad se encuentra en lo sencillo y cercano.

Recuerdo que lo abracé con todas mis fuerzas, sintiendo cómo ese gesto decía más que mil palabras. Permanecimos en silencio observando como el sol comenzaba a esconderse a lo lejos y las estrellas asomaban en el cielo azul oscuro. Finalmente, cuando la luna entró en escena, sin apuro, caminamos de la mano hacía el Renolito. Papá lo puso en marcha, presionó un botón, y volvimos a casas escuchando “Zona de Promesas” de Soda Stereo.

Han transcurrido muchos años desde aquel instante, pero aún lo guardo en mi memoria con absoluta claridad. No estoy seguro de haber entendido por completo la lección de mi papá en ese momento, aunque con el tiempo la experiencia se encargó de enseñarme su verdadero valor. En más de una ocasión volví a ese recuerdo, a veces porque lo necesitaba, otras porque la vida me llevaba a enfrentar situaciones en las que las cosas no salían como yo esperaba (y, muy a mi pesar, a veces me sentía como el Turquito, frustrado y enojado).

La vida, caprichosa y a veces impredecible, rara vez me puso en las manos esos ansiados pastelitos de batata. Sin embargo, aprendí que el secreto está en no quedarme lamentando lo que no llegó; al contrario, fui descubriendo la belleza de saborear los churros, las bolitas o las tortas fritas que se cruzaron en mi camino, aunque a veces resultaran desabridos o incluso amargos. Porque entendí que cada bocado, dulce o agrio, es parte del viaje, y que aceptar y disfrutar lo que la vida ofrece en el momento presente fortalece el alma y abre el corazón a nuevas sorpresas. Y cuando, de tanto en tanto, la vida por fin me regala aquello tan esperado, ese pastelito soñado, lo recibo con gratitud y… ¿saben qué? el sabor es aún más intenso, porque aprendí a valorar no solo el premio sino también el trayecto. Por eso, en esos precisos instantes, me repito a mí mismo…

—Lea, ¡¡Metele que son pasteles!!